“no sé si me falló la fe la voluntad
o acaso fue
que me faltó piolín”
ELADIA BLASQUEZ
A esa hora el hombre suele estar muy cansado. Desde las siete de la
mañana, de lunes a viernes, en medio de boletas de impuestos y
biblioratos, ve correr las agujas del reloj que está a su derecha, en la pared
de la oficina.
El hombre pasa las horas sin que nada altere su actividad. Acaso
alguna vez lo asciendan de categoría. Piensa que un poco más de dinero
nunca viene mal, aunque tiene muy bien establecido sus gastos y ellos
sólo seguirán el vaivén que determine la inflación. En la estructuración de
su vida difícilmente se presenten gastos extras.
Al salir de la oficina, de lunes a viernes, pasará por la pizzería. Tras
el frugal almuerzo comprará el diario y, sin prisa, caminará hasta su casa:
un pequeńo departamento ubicado al final de un largo pasillo. Se quedará
dormido leyendo los titulares del diario.
Al levantarse se lavará la cara mientras calienta el agua para el
mate. Luego prenderá la radio, traerá el diario y lo desplegará sobre la
mesa. Así, las noticias que lee y las que escucha le mostrarán que el
mundo sigue y él aún está vivo.
Todavía no sabe que esa tarde, aparentemente igual, tendrá algo
distinto para los futuros días de su vida.
II
Fue al levantar la vista que los vio asomarse entre las macetas
ubicadas en la ventana. Dos ojos de un intenso color verde detuvieron sus
movimientos y mantuvo esa mirada hasta que un pequeño dolor le hizo
pestañear varias veces.
Intentó continuar con la lectura del diario. A los pocos minutos
sintió deseos de orinar. Fue al baño. Al lavarse las manos, miró en el
espejo del botiquín: dos ojos de un intenso color verde se reflejaban en él.
A partir de ese día la vida del hombre comenzó a modificarse. En
cualquier momento y adonde él fuese, los ojos lo observaban. Nunca a
una distancia menor de un metro.
Sólo cuando algún gesto o una conversación de sus compañeros de
oficina le hacían recordar cuál era su realidad, lo invadía un cierto temor
al pensar en esos ojos de un intenso color verde. Pero al llegar a su casa,
casi con ansiedad deseaba verlos. Ellos aparecían y el temor se alejaba.
Días tras días el hombre comenzó a crear su fantasía.
Las agujas del reloj de la oficina ya no señalaban el vacío de las
horas laborales. Cuando aquél indicaba las catorce, comenzaba la otra
historia que, de lunes a viernes, el hombre protagonizaba extendiendo su
gozo sábados y domingos.
Los ojos de un intenso color verde lo esperaban y fantaseaba sin
temor. Quizá allí estuviese el cambio para su ordenada vida de oficinista
de lunes a viernes.
Recordaba aquella otra historia rescatada de los años infantiles:
Hubo una vez un hombre a quien, según decían, le sacaron una costilla y
de allí crearon a una mujer. Ya no estuvo solo y para ellos formaron un
paraíso que llamaron terrenal. Pero cuentan algunas voces, que unos ojos
observaron a la mujer e incorporados en un largo cuerpo que se deslizaba,
la persiguieron hasta convencerla. Dicen que ella, a su vez, convenció al
primer hombre y allí se comenzó a escribir otra historia.
El hombre, oficinista de lunes a viernes, el de la vida sin sobresaltos,
en su pequeño departamento ubicado al final del largo pasillo, recuerda la
historia del primer hombre y la primera mujer que por seguir la voz de
aquel cuerpo que se deslizaba y cuyos ojos miraban intensamente,
eligieron otra historia para sus días.
Este hombre va incorporando cada día más elementos a su fantasía.
A él no le han quitado ninguna costilla. En su ordenada vida no está la
mujer ni el paraíso. Sólo la rutina que comienza los lunes a las siete de la
mañana y concluye los viernes a las catorce horas.
Entonces piensa si esos ojos de un intenso color verde fueran como
aquellos de la primera historia, tal vez…
Vuelve a su trabajo con biblioratos que no dicen nada para él.
Los gestos y conversaciones de los compañeros repiten el libreto
cotidiano. Ellos perdieron junto al primer hombre y la primera mujer la
posibilidad del paraíso. No lo extrañan seguramente, porque el bullicio les
hizo perder la posibilidad del asombro y llamaron locura a la fantasía.
El hombre que tras el almuerzo frugal se detiene a comprar el diario
y sin prisa se dirige hacia su casa, recuerda la vieja historia del paraíso que
él nunca tuvo.
Los ojos de un intenso color verde lo esperan en su pequeño
departamento.
La fantasía va creciendo cada vez más. Quizá muy pronto ella borre
la rutina de los lunes a viernes y el hombre al fin halle su paraíso.
De un costado saldrá una costilla que se transformará en mujer. Ella
y los ojos metidos en ese cuerpo que se desliza, le mostrarán un mundo
que después algún envidioso pondrá el rótulo de absurdo.
La envidia de los lunes a viernes no lo dañará.
El hombre del pequeño departamento ubicado al final del largo
pasillo olvidó su vida sin gastos extras y biblioratos sin sentido.
Los ojos de un intenso color verde le posibilitaron vivir otro mundo.
Algunos envidiosos seguirán creyendo que ese paraíso no es real.
Graciela Castro


Encantado con su lectura, como siempre. Abrazos!
Mil gracias!!