Acordaron encontrarse en la semana previa al viaje. A pesar que quince días antes habían compartido charlas y café, la situación que se vivía en el país en las últimas semanas tornaba todo muy aciago y quedaban temas comunes del trabajo para resolver. Para ella era el último viaje del año por sus tareas académicas y ambas coincidirían, precisamente, en esa actividad. Nunca se alojaba en el mismo hotel pues eran otros quienes se ocupaban de ello. Solo le habían comentado que estaría muy cerca del lugar de la reunión. En más de una ocasión, ante los comentarios que inferían que a ella la pondría muy feliz viajar a Buenos Aires, esos rostros mutaban a incredulidad pues era sorprendente escuchar su respuesta de siempre: sólo viajo porque tengo que realizar alguna actividad, no me gusta esta ciudad. Por unos momentos ella jugaba a imaginar los pensamientos de esos interlocutores: y claro, vive en el interior, menos ruido; o también como viajas todo el año a distintos lugares. Pero su vida no dependía de esos gustos personales y esos posibles comentarios resultaban intrascendentes.
Con Lola trabajaban desde hacía varios años en un proyecto académico que las había unido y con el paso del tiempo se agregó la amistad. No siempre coincidían en los viajes, pero si la ocasión lo permitía ambas lo disfrutaban con extensas conversaciones y una que otra birrita.
Recordó lo que sucedía un año antes en el país. Euforia en muchos y en otros sentimientos de tristeza por el resultado de la elección presidencial. La realidad mostraba que todo había resultado como parte de un legítimo derecho de la democracia; sin fraude ni golpe de estado como esos que atravesaron la mayor parte de sus vidas personales. Era preciso comprender y aceptar las reglas del juego democrático en el cual la decisión de la mayoría de los votantes se orientaba hacia un complejo futuro institucional. Sin ánimo de pitonisa o egoísmo personal, tanto las promesas electorales como el primer discurso presidencial presagiaban un rotundo cambio en la vida social e institucional con deterioro en los derechos adquiridos en años anteriores.
Aquella noche de la elección, mientras en el celular se sucedían los mensajes que- ninguno de sus amigos ni ella- deseaban fuesen realidad, a las pocas horas del inicio del conteo de votos, la pequeña ilusión que quedaba por un resultado diferente velozmente se transformó en desasosiego. No era la primera ocasión que la candidata o candidato elegido por ella no obtuviera el triunfo; en esta ocasión sentía que el resultado enfrentaba abruptamente un proyecto de país que durante cuarenta años se había ido construyendo, con aciertos y errores, pero nunca variando diametralmente el camino. Junto a ese sentimiento, era consciente que ya no tenía ni veinte ni treinta años para afrontar ese cambio tan abrupto que había anunciado el ganador y, de manera especial, sentía visceralmente que, aunque en su situación personal contaba con ciertos recursos para continuar, nunca había creído en proyectos individuales sino en los colectivos y eran ellos, precisamente, los que en los próximos días tendrían que cancelarse.
Un año después no sólo se habían convertido en realidad los anuncios presidenciales sino también se habían agudizado las dificultades en la mayoría de la población. Los organismos científico tecnológicos sin financiamiento, programas que ya no contaban con recursos para continuar y el desánimo se acrecentaba día a día. Aquella situación ya la había conversado con Lola en el encuentro anterior: era necesario repensar la manera en que continuarían pues no sólo cambiaban las autoridades gubernamentales, sino que ya se había definido: no se destinaría presupuesto para los proyectos y menos aquellos vinculados con las ciencias sociales. Cuando a la semana siguiente Lola le envió el mail preguntándole si viajaría para la reunión, acordaron encontrarse una hora antes y continuar la conversación.
Al día siguiente de su llegada a Buenos Aires y mientras desayunaba en el hotel le envió un mensaje a Lola para acordar el lugar del encuentro. Como el hotel quedaba a pocas cuadras del lugar de la actividad, le propuso el Café Martínez de la esquina del hotel a las 15 hs. Después salió a caminar un rato, pero era tan fuerte el viento que la caminata se redujo y regresó al hotel donde recostada en la cama escribió algunas ideas que luego podrían conversarlas. Había desayunado muy frugalmente pues no tenía ganas de comer algo más abundante a esa hora; claro está, que al mediodía sintió que no vendría mal ingerir algo sólido. Durante algunos minutos analizó si llegaba hasta las 15 para almorzar juntas con Lola, pero pensó que tal vez ella se demoraba y ya sería la hora de la actividad y eso si… hasta la noche no llegaba sin comer. Entonces, mientras se calzaba las zapatillas hush puppies blancas, se dijo: mejor bajo ya a almorzar acá en el hotel y luego compartimos el café.
Descendió por el ascensor hasta el primer piso y al ingresar al restaurante le llamó la atención una larga mesa dispuesta para varios comensales. En unos sillones, a mano izquierda, dos hombres y una mujer joven conversaban muy animadamente. Recorrió con su vista el salón y en el extremo opuesto observó una mesa pequeña con dos platos y cubiertos perfectamente colocados junto a sendas copas y en el medio de la mesa, un pequeño florero con flores naturales. Consultó a la moza si podía sentarse allí y ante la respuesta afirmativa, se dirigió caminando sin prisa.
A los pocos minutos comenzaron a ingresar al lugar otras personas y saludaban a quienes ya estaban. Uno de los hombres parecía representar mayor autoridad: dedujo que no debía superar los cincuenta años, vestía un ambo de color gris y sobresalía una camisa blanca con el primer botón desabrochado. Con una copa de vino blanco en la mano saludaba de manera muy amable a quienes iban llegando mostrando una actitud asertiva y les indicaba que continuaran hacia la mesa. Con excepción de cuatro personas el resto eran jóvenes entremezclándose mujeres y varones. Mientras ella aguardaba que la moza le trajera un risotto con hongos, con disimulo volvía una y otra vez la vista hacia la mesa larga. Estaba muy cerca de la suya y podía escuchar sin esfuerzo algunos comentarios y risas de los comensales: quienes elegían beber vino y otra cerveza; aquellos que optaban para el primer plato una variante que- solo para probar como decían- luego compartirían con otro que estaba cerca. Mientras el hombre del ambo gris recorría acercándose con simpatía a cada uno, el otro hombre y la mujer también ya habían ocupado sus lugares en la mesa. Ella miró su reloj y algo le hacía intuir que esa reunión ocultaba más que un almuerzo de fin de año de una empresa. Resolvió que el suyo sería el más lento de su vida e hizo caso a su intuición. Con su mirada recorría la mesa larga sin que fuese esfuerzo pues estaba justo frente a la suya. Las conversaciones denotaban confianza entre los asistentes, se extendían las risas, los ruidos de los cubiertos, de las copas o vasos según la bebida elegida y ya continuaban con el segundo plato. En ese recorrido visual le llamó la atención un hombre que estaba sentado casi en la mitad de la mesa. Su actitud denotaba abatimiento y casi no compartía conversaciones con los demás. Ella finalizó el risotto y aunque generalmente no comía postre en esta ocasión consideró que necesitaba hacerlo para sumar tiempo pues aun disponía de ello antes de encontrarse con Lola. Algunos comensales de la mesa larga señalaban donde irían en las próximas vacaciones, otro comentó que prefería ahorrar para cambiar el auto; una mujer contó que su hijo finalizaba el secundario y entre las ropas y la fiesta de egreso había tenido que acudir a la tarjeta de crédito de modo que en enero habría que cubrir esos gastos. El hombre de mediana edad y actitud apesadumbrada mantenía su mutismo y ella imaginó que quizá le afectaba alguna dificultad personal que lo hacía diferente al resto. Volvió a mirar su reloj y viendo que los de la mesa larga ya habían concluido el postre le pidió a la moza un café. El murmullo, las risas y las conversaciones continuaban. Miró hacia la ventana que daba hacia una avenida de gran circulación: era un mediodía soleado y el movimiento en la calle parecía no detenerse tal como ella misma lo había visto más temprano cuando salió a caminar. En un momento el hombre del ambo gris se paró y golpeando suavemente una copa les invitó a brindar por el fin de año. Ella mirando el reloj pensó que ya no tenía sentido extender el tiempo alli y cuando iba a mover la silla para levantarse escuchó al hombre de ambo gris decir que estaban finalizando un año con logros en la empresa, pero era necesario que todos conocieran una situación que la habían analizado exhaustivamente en el directorio. El bullicio de instantes previos mutó a silencio. Ella colocó agua en la copa y volvió su vista a los comensales: solo el hombre de mediana edad mantenía su actitud abatida mientras los demás aguardaban por la continuidad del mensaje sin alterar sus expresiones anteriores. El del ambo gris ya no mostraba su rostro sonriente como el que tenía al recibirlos. Retomó la conversación haciendo referencia a los resultados de la última elección y los pocos murmullos que le sucedieron entre los comensales se cortaron abruptamente cuando expresó que los proyectos que tenían para el próximo año no podrían realizarse pues dependía de inversores externos quienes ya habían anunciado su retiro. Ella miró su reloj; no podía levantarse en ese momento. El hombre agregó que por la nueva situación habían tenido que tomar una medida necesaria para enfrentar el momento. El silencio en el restaurante era ya muy tenso; nadie se movía ni hablaban entre sí. El hombre continuó su explicación anunciando que varios de quienes estaban alli ya no continuarían en la empresa y agradeció de manera muy especial al contador a quien señaló con su mano, por el esfuerzo en el análisis y dedicación a la empresa al ayudarles a esa definición. El buen humor y las risas de momentos anteriores variaron totalmente y ella percibió las imágenes como si fuese en cámara lenta pero la realidad mostró cómo todos se levantaban tirando las sillas al hacerlo y se dirigieron hacia el hombre de expresión descorazonada quien velozmente fue retirado por el del ambo gris mientras el otro hombre y la mujer trataban infructuosamente de mantener la calma. Ella se levantó rápidamente y se dirigió a pagar su almuerzo. Al pasar por la caja el del ambo gris le preguntó qué tal había estado la comida y tras su respuesta indicando que estaba muy rico todo, él le dijo que su alojamiento estaba cubierto por una empresa y no era necesario que pagara el almuerzo. Ella sentía la prisa por alejarse y solo agregó que siempre se ocupaba de sus gastos personales y tras saludar salió rápidamente hacia el ascensor.
Llegaron casi juntas con Lola al bar; era muy pequeño y solo quedaba lugar en el primer piso. Ambas pidieron café latte y subieron. Iba a comentar la situacion de la cual había sido testigo involuntaria en el hotel cuando Lola con mucha bronca dijo: nos revotaron el proyecto y la puta que los pario! Se miraron, los ojos de las dos se llenaron de lágrimas y con la cucharita revolvieron en sus respectivos pocillos.
Al día siguiente en el aeropuerto anunciaron que su vuelo estaba demorado. Decidió leer las noticias en su celular y el anuncio se reiteraba en varios portales: hallaron muerto a un hombre de mediana edad; todo indicaba que se trataba de un suicidio y se incluía la foto de la persona. Ella se llevó la mano a la cara y recordó la imagen del día anterior en el almuerzo, donde sin proponérselo había sido testigo ocasional.
Desde la fila de atrás escuchó una voz que expresaba un mensaje que ya en otras ocasiones lo había sentido. Volteó su cabeza hacia la izquierda y vio un joven, delgado y con expresión tímida parado ante un hombre sentado que sin levantar la vista del celular solo hizo un movimiento de cabeza rechazando la propuesta del joven. No era la primera ocasión que volvía a ser testigo involuntaria de esa situación. A los pocos segundos, el mismo joven inició su recorrido por la fila donde ella estaba sentada. Le costaba entender esas actitudes con cierto destrato por parte de los pasajeros pues en todas las ocasiones que ella había observado fuese varón o mujer quien se acercaba con amabilidad siempre concluían con el mismo mensaje: “En nombre de UNICEF le deseamos tenga un excelente viaje”. Sin embargo, nunca había visto que quienes estaban sentados al menos respondieran con una leve sonrisa. Cuando se dirigió a ella le comentó con amabilidad al joven que no era necesario que le explicara el tema pues era colaboradora desde hacía muchos años. El rostro del joven expresó alegría y tras desearle un excelente viaje continuó su recorrido. Luego el niño que estaba a su lado pidió una gaseosa a su madre, la mujer que estaba en la fila de enfrente hablaba por su celular. Ella sacó de su mochila un caramelo de miel, se levantó y tiró el papel en el cesto que estaba en el extremo y regresó a sentarse.
Tomó el celular y escribió un mensaje a Lola: vamos a intentar por otro lado, sabes que no me doy por vencida.
Graciela Castro

