Desde chico Matías quiso ser importante. La cuestión era que su interpretación no coincidía con las opiniones de los demás.

A los cinco años quiso ser trompetista de jazz. Tal vez por influencia de don Ramón, el kiosquero – músico frustrado- quien se pasaba todo el día cantando o silbando y tampoco se perdía cuanta película musical exhibiesen en el cine del barrio, fundamentalmente, si eran de jazz. Por él Matías supo de la existencia de Louis Armstrong. El premio a su buen comportamiento era acompañarlo a don Ramón al cine.

Al principio sus padres pensaron que todo eso era nada más que uno de los tantos juegos de niños. Después sonrieron. Finalmente, cuando lo vieron ensayando con una trompeta imaginaria en el kiosco de don Ramón, les pareció absurda la situación. El sólo sería lo que estaba definido por la tradición. Ya no volvió a maravillarse con Satchmo o Charlie Parker y, a don Ramón, faltó poco para que lo acusaran de depravado.

De vez en cuando el viejo kiosquero-músico le mandaba golosinas con el cadete de la farmacia. El día que murió don Ramón, Matías archivó en su imaginación la trompeta.

A los ocho años intentó ser paracaidista. Cuando sus padres lo observaron saltando creyeron que finalmente había comenzado a entender cuál debía ser su actividad. Pero cuando se largó desde el tapial y el paracaídas que se había fabricado con unas enaguas de la abuela no sirvió para evitar la fractura de un brazo volvió a escuchar la misma palabra: absurdo. Su futuro estaba en otra cosa. Así, nuevamente archivó ese y otros sueños en su imaginación.

Al llegar a la adolescencia se maravilló viendo teatro por televisión. Nunca había escuchado el nombre de ese autor, pero a partir de ese momento lo repitió para sí a cada instante:

– Chejov, Chejov, Chejov….

Algún día él sería el famoso Tío Vania que tanto le había entusiasmado. Se pasó varias horas buscando en la biblioteca municipal el libro de Chejov. Como era un libro muy pequeño y temiendo que la empleada les comentase a sus padres cometió el primer hurto.

Días tras día fue memorizando las páginas de la obra. Mientras se bañaba repetía una y otra vez su personaje. Todo parecía indicar que esta vez nadie descubriría su secreto. Al cabo de unos meses consideró que su personaje estaba casi listo. Fue entonces cuando comenzó a observar el comportamiento de sus primos y amigos.

En algún momento les escuchó quejarse por tener que seguir la famosa costumbre familiar. Su primo Esteban era quien parecía estar en mayor desacuerdo con la tradición. Él decía que rompería esa costumbre y quizá por ser el mayor todos lo escuchaban y asentían sus palabras.

Matías sintió una gran emoción al oírlo pues le pareció que allí estaba la posibilidad de intentar un cambio.

Un día que estaban todos reunidos les propuso comenzar el ensayo de Tío Vania y les relató en pocas palabras en qué consistía la obra. Se produjo un silencio y tras él, a la estruendosa carcajada de su primo Esteban le siguieron las burlas de los demás. Otra vez Matías escuchó la palabra absurdo. La desilusión fue mayor: también los jóvenes tenían miedo al cambio; sólo llegaban a las palabras.

 

II

Pasaron días y meses hasta que llegó el momento. Sus primos y amigos estaban preparados. El debut de ellos fue un éxito. Sólo la actuación de Matías fue nefasta. Su primo, rápidamente se convirtió en la figura líder del grupo y como tal exigió que se excluyera a Matías del mismo.

Cuando llegó el “Día del niño” el circo estaba completamente lleno. Malabaristas, equilibristas, domadores; cada uno realizando prolijamente su actuación. Uno de los números más esperados era el del hombre bala, pero esa noche sufrió una lipotimia e inmediatamente tuvieron que buscar un reemplazante. Nadie podía suplantarlo y una sola persona permanecía desocupada.

Sin que tuviese tiempo para pensarlo, Matías se transformó en el hombre-bala. Quizá para vencer el miedo de la grotesca situación, recordó un párrafo de Tío Vania:

 

“Pronto dejará de llover, todo quedará refrescado y la naturaleza

suspirará con alivio. Sólo a mí no habrá refrescado la tormenta. Día y

noche, como un espectro, me oprime la idea que mi vida está

irrevocablemente perdida. Pasado no tengo, lo desperdicié tontamente en

boberías; en cuanto al presente es horrible, por su incoherencia….”.

 

Mientras tanto, en el centro de la pista, Esteban y su grupo, finalizaban su actuación y la pequeña figura de Matías ya estaba en el aire.

La tradición de los enanos del circo podía continuar.

 

Graciela Castro

 

 

por Graciela Castro

Vivo en Villa Mercedes (S.L) Argentina. Me formé en ciencias sociales y soy docente e investigadora en la universidad pública. Amo las palabras, la música, el arte, la naturaleza y los animales. Apuesto por una sociedad con justicia y dignidad para todxs.

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